El teatro de marionetas abrió sus puertas como cada día desde hacía miles de años. Siempre puntual. El amo disponía la historia y el escenario a su antojo. Al antojo de los grandes amos por encima de él. La decoración era en extremo barroca, pensada para ocultar al máximo unas paredes tapizadas de pobreza espiritual. De impecable deshonestidad. Todo dentro de aquel teatro era pura apariencia. Un mundo de irrealidad destinado a distraer la atención de espectadores ávidos de historietas, y marionetas, inventadas por los fabricantes de hilos.
El teatro disfrutaba siempre de inmejorable entrada. Quien venía, venía a distraer su ego y calmar su ansia de reafirmación espiritual. Si el mundo iba mal era algo ajeno a este teatro en el que todo destilaba felicidad pasajera, inoculada de forma indisimulada.




